Partamos del principio. Desde que tengo uso de razón, una de mis “características negativas” – por no decir defecto – más notorio y publicitado es mi invariablemente patético estado físico. Porque sí, soy floja. Floja como los de Lazy Town. Floja como Sid de La Era del Hielo. Floja como… bueno, muy muy floja.
He aquí un botón: la última vez que visité a un doctor, con claros síntomas de stress galopante, me preguntó cuál era mi hobby, ya que le parecía que no estaba liberado suficiente tensión. Mi respuesta fue “ehhhh… ¿ver películas?” El doctor me miró con cara de poker y me dijo que se refería a un hobby en el que efectivamente MOVIERA EL CULO. Bueno, en estricto rigor dijo “move your butt” (suena menos feo en inglés). No hay que perder de vista que Australia debe ser uno de los países más orientados al deporte que hay, así que imagino que escuchar que mi presunto hobby era sentarme frente al televisor por horas a ver películas, series y cualquier cosa que no implique trabajar más que el músculo ocular fue como sacarle la madre. En fin.
El señor facultativo me aseguró que era de suma importancia que buscara alguna actividad física con la cual eliminar tensiones, rabias, ira, puntos rojos y todas esas macanas de la vida moderna, ya que si no lo hacía me iba a dar ALGO. Algo como esto:
Y es que soy pajera. MUY. Y me encantaría decir que en realidad alguna vez fui activa y tuve que dejar mi vida sana por una lesión en la rodilla, pero no. Mi pajerismo es histórico. Cuando todas mis compañeritas de básica estaban en aeróbica, baile español, ballet o gimnasia artística, yo leía. Leía y leía y leía, porque era ñoña y flaca y debilucha y me daba paja cualquier otra cosa. El colegio en el que estaba tampoco ayudó mucho. Se trataba del típico establecimiento educacional medio pelo que no tenía un gimnasio apropiado y que para no gastar demás le pedía a cualquier profesor de enseñanza general básica que nos hiciera la clase de educación física, lo que en realidad se reducía a pasarle una pelota a los “niñitos hombres” y mandarlos a jugar futbol.
Ya en enseñanza media y en un colegio que SI tenía gimnasio, la falta de costumbre transformó la clase de educación física era una tortura de la cual había que arrancar costara lo que costara. Cada vez que nos hacían el test de Cooper (puaj!) terminaba la primera vuelta con la guata revuelta, pálida y vomitando. Para más recacha, a no se quién se le ocurrió que los escolares estaban medio gorditos así que las horas de educación física se duplicaron por obligación, por lo que cuando se me estaba pasando el dolor de cuerpo de la clase del martes, ya era jueves y había educación física de nuevo. NOOOOOO!. Al final, el lunes era el único día sin dolor muscular.
Ya, si sé que nada de eso es excusa para el pajerismo crónico. Pero a mi favor debo decir que siempre tuve problemas respiratorios, debido a unos cornetes nasales demasiado grandes que me obstruyen el aire y por eso me canso rapidito y bla bla bla. En teoría, yo debí operarme de eso cuando chica y podría haber aprovechado de hacerme un arreglín, pero weno, ya no fue.
Todo lo anterior derivó en un completo desinterés por el deporte. Nunca jamás me llamó la atención ninguno, y solo porque Dios es grande toda mi vida he sido flacuchenta por naturaleza, así que tampoco tuve el incentivo estético. Un par de veces me dio por ir al “gym”, pero lo ODIÉ. Odié la música, la gente musculosa y las viejas estiradas embutidas en unos conjuntos Everlast que ni yo a mis veintisiempres hubiera usado. Me cargó además como todo el mundo parecía disfrutar de algo que para mi persona era simplemente una lata, en especial la trotadora y su caminata a ningún lado. Si no hubiera sido por la tele a color que ponían delante, sintonizada en el Sony o en el Warner, habría gritado KILL ME, KILL ME NOW!!!
Pero bueno. Tarde o temprano el sedentarismo extremo pasa la cuenta y más que la cosa netamente física veo que hacer deporte es bueno para la mente. Mente sana en cuerpo sano, decían los romanos y si lo decían ellos que inventaron el mundo occidental y la pizza yo creo que hay que hacerles juicio.
También, debo reconocer, ha sido de mucha influencia ver a la gente acá tan deportiva. De hecho, es MUY común ver viejos de no menos de 60 años, envestidos en ropa técnica de los más cute, trotando en los parques, haciendo caminata, andando en bicicleta y sacando pica con sus cuerpos tonificados. Uno como que piensa… “si ese señor pelado puede, yo también csm!”. Así que me decidí, 2011 es el año en que por primera vez voy a mover mi ridícula humanidad.
